La columna CreducLab

Autoprofesionalismo: el nuevo contrato laboral

La automatización no elimina el trabajo; redefine cómo se construye valor  obliga a gestionar aprendizaje, reputación y empleabilidad de forma continua.

 

El debate sobre el futuro del empleo suele instalarse en el miedo: qué tareas desaparecerán y quién quedará fuera. Las proyecciones del Foro Económico Mundial hacia 2030 (92 millones de puestos que se extinguen y 170 millones que emergen) no describen un simple ajuste cuantitativo. Señalan una reconfiguración estructural del mercado laboral y, sobre todo, un cambio de reglas sobre lo que significa “ser profesional”.

 

Durante buena parte del siglo XX, el contrato laboral implícito prometía estabilidad a cambio de credenciales, experiencia acumulada y un desempeño predecible dentro de una organización. Ese modelo se debilita cuando la automatización, la digitalización y las economías de plataforma reorganizan procesos, reducen intermediaciones y aceleran ciclos de innovación. En este nuevo contexto, el título deja de funcionar como pasaporte de largo plazo; se convierte en evidencia histórica de una formación que debe renovarse.

 

A ese tránsito lo llamo autoprofesionalismo: la capacidad del profesional de gestionar de manera continua su aprendizaje, su reputación y su empleabilidad en un mercado mediado por tecnologías y redes. No es un lema de autoayuda; es una respuesta estratégica frente a un entorno donde el valor se desplaza desde la ejecución repetitiva hacia la adaptación y el criterio. La profesión ya no se define únicamente por “hacer bien” tareas técnicas, sino por sostener una propuesta de valor que se actualiza, se comunica y se valida en escenarios competitivos y cambiantes.

 

La transformación ya se observa en prácticas concretas. Hoy es razonable que un profesional use herramientas y agentes de inteligencia artificial para organizar información, contrastar fuentes, detectar patrones y proponer alternativas. El objetivo no es hacer lo mismo más rápido, sino trabajar de otra manera: descargar lo rutinario, elevar el análisis y decidir mejor. Un estudio del National Bureau of Economic Research, con 6,000 directivos en cuatro países, halló que cerca del 70 por ciento de las empresas ya usa IA en sus procesos. Cuando esa adopción se masifica, el precio de lo predecible cae, y con él cae la capacidad de negociar seguridad laboral a partir de tareas estandarizables.

 

La estrategia decisiva, entonces, no consiste en competir con las máquinas en su terreno. Consiste en acompañar la evolución de las profesiones hacia especialidades híbridas: integrar saberes disciplinares con competencias digitales, analíticas y socioemocionales. Estas combinaciones no siempre aparecen de forma ordenada ni respetan fronteras tradicionales; emergen como respuestas rápidas a problemas nuevos, en entornos inciertos. Por eso, el reto central no es perfeccionar lo repetitivo, sino aprender a discernir y actuar cuando no hay manual.

 

La ventaja comparativa humana está en lo que la automatización no resuelve por sí sola: interpretar contexto, decidir con información incompleta, crear, coordinar, enseñar, acompañar y aportar sentido en procesos complejos. Si la identidad profesional permanece anclada a credenciales estáticas, quedará desfasada. El nuevo estándar es construir, validar y actualizar valor de forma continua.

 

El llamado es claro: empresas, universidades y políticas públicas deben facilitar trayectorias de reconversión, credenciales modulares y acceso real a herramientas. De lo contrario, la promesa tecnológica quedará concentrada en pocos. El futuro del trabajo no se espera; se gestiona desde hoy.

MANUEL SAAVEDRA MARTÍNEZ
Consultor Senior y Coordinador General, Perú.
Coordinador de Desarrollo de Docentes de la Dirección de Educación Continua, Pontificia Universidad Católica del Perú.